Zonas Vitivinícolas, Madrid, en busca de su personalidad


El Mundo

TRES SUBZONAS MUY DISTINTAS, POCO CONOCIDAS

Madrid es una metrópoli llena de tabernas, bares, restaurantes y mesones donde, desde siempre, se ha bebido vino, más tinto que blanco: el manchego que subían, en sus pellejos, los arrieros que pernoctaban en la Cava Baja y, a partir del primer tercio del siglo XX, el rioja al que se aficionó la burguesía del barrio de Salamanca. Lo que en la capital se ha desconocido generalmente han sido los vinos de su entorno inmediato, unos vinos madrileños que van mereciendo más atención desde que nuevos elaboradores han venido a enriquecer el panorama, a menudo redescubriendo terruños y castas olvidados o arrinconados.

Esta semana se inicia la publicación de nuestras primeras catas dedicadas específicamente a la Comunidad de Madrid en ocho años, un lapso de tiempo largo durante el cual el panorama ha cambiado sustancialmente.

La única Denominación de Origen, Vinos de Madrid, con sus 8.000 hectáreas de viñedos y más de 40 bodegas, fue creada en 1990 y es, como tantas otras en España (La Mancha, Rioja, Navarra, Alicante, Ribera del Guadiana, Costers del Segre… y más) una entidad más político-administrativa que vitícola, ya que no representa una unidad de terruño reconocible. Sus tres subzonas son, pues, las tres verdaderas denominaciones.

Al oeste, San Martín de Valdeiglesias representa el sector madrileño de esa verdadera unidad geográfica y vitícola que es la sierra de Gredos, la del renacimiento de las menospreciadas viñas de garnacha y albillo sobre suelos bastante fértiles (humus) con base granítica en una zona serrana que es la más húmeda de la región. Sin peso en nuestras catas de 2004, nombres como Marañones, Bernabeleva y Comando G han adquirido hoy renombre internacional.

Al sur, la subzona de Navalcarnero prolonga, como la de San Martín, el viñedo toledano de Méntrida y es la más variada de la región, con áreas de claro tipo manchego y enclaves (Aldea del Fresno) de carácter más serrano.

Al este, la subzona de Arganda del Rey es la más grande y la más importante en volumen de producción: más del 60%. Aquí fluyen los ríos Tajuña, Henares, Jarama y Tajo, con vegas feraces, pero las viñas suelen ocupar las laderas y las mesetas de suelos pobrísimos. Las temperaturas son las más extremas de la región, y la pluviometría, la más escasa.

Mientras que al oeste un estilo propio se abre paso con la garnacha y el albillo por delante, las grandes bodegas del este apostaron hace tiempo por el tempranillo (tinto fino o tinto Madrid, según las partes de la región) y cada vez más por las castas francesas (merlot, cabernet sauvignon, petit verdot y syrah) y por un estilo bastante internacional de vinos. Las variedades y la crianza son más evidentes en ese estilo que el terruño, y es difícil adscribir una personalidad definida, reconocible, a esos vinos -algunos muy bien hechos- del este de Madrid.

Se olvidaron casi, salvo en un par de bodegas, técnicas tradicionales como las del vino sobremadre (blanco largamente macerado en sus propios hollejos, como los tintos), que justamente hoy renacen en otros lugares como Friuli (Josko Gravner) para dar lugar a esos ‘vinos naranja’ que ya ocupan un nicho en los mercados, sobre todo, norteamericanos. El trabajo que desarrolla en ese sentido un muy modesto viticultor escocés instalado en Villarejo de Salvanés, Fabio Bartolomei, en particular con la uva malvar que es la más propia de esa subzona madrileña, nos da una idea de uno de los caminos que se podrían emprender para aumentar el carácter propio y la personalidad reconocible de la zona.

Enlace de interés:  http://www.vinosdemadrid.es/es/

Un comentario en “Zonas Vitivinícolas, Madrid, en busca de su personalidad

  1. Se puede afirmar que los primeros datos contrastables sobre la existencia de la industria vinícola en los actuales límites de Madrid datan del siglo XIII, pero no resulta descabellado especular con la existencia de viñedos y vinos en la región muchos siglos antes.
    Tras la retirada de los íberos, pasaron por la región cartagineses y romanos, dos pueblos que incluían el vino como elemento de su dieta, y no como elemento baladí. Cualquiera de ellos pudo introducir el cultivo de la vid, si es que no lo estaba con anterioridad, pero parece más probable que fuera Roma la responsable.
    Por Madrid pasaban importantes vías de comunicación de la Hispania romana y a lo largo de estas calzadas se establecieron puestos militares, algunos de los cuales acabaron por convertirse en prósperas ciudades. Destacó por su transcendencia Complutum (Alcalá de Henares) junto con Titulcia, importante nudo de comunicaciones, Carabaña, Arganda, Cadalso de los Vidrios, Buitrago y Torrelaguna, entre otras.
    Partiendo de esta teoría, es seguro que la posterior invasión árabe no puso en grave riesgo los viñedos que encontraron a su llegada ya que, a pesar de la prohibición coránica, el cultivo de la vid mantuvo notable presencia en la España musulmana.
    Aún así, habría que esperar hasta los siglos XIII y XIV para verificar la existencia de viñedos concebidos como actividad agraria especializada, en los alrededores de las poblaciones. Las ciudades se ven afectadas por el impulso de la nueva economía de cambio y esto hace del vino un importante objeto de comercio, junto con el cereal y otros productos básicos.
    Es, entonces, el siglo XIII la fecha de la que datan los primeros documentos sobre la existencia de vinos de Madrid. Se trata de una disputa por la posesión de un viñedo entre unos monjes y el señor feudal, que fué resuelta finalmente por el arbitraje del rey.
    Los vinos madrileños llegan al siglo XV con un aurea de prestigio, plasmado ya en citas literarias, como las del Arcipreste de Hita. Hay múltiples testimonios del aprecio que tenían los vinos elaborados en la propia ciudad, que eran “exportados” a otras localidades. En 1481 el Concejo madrileño se siente con fuerza para imponer sus condiciones de venta llegando, incluso, a enviar una carta a los dignatarios de la ciudad de Burgos en la que se establece que “los que vinieran de allá por vino vengan cargados de pescado, y que si no lo truxeren que no llevarán vino”.
    Con todo, en esa segunda mitad del siglo XV la autoridad municipal tuvo que dictar medidas proteccionistas, bien por la abundancia de producción de la ciudad, bien por la venta fraudulenta de vinos de otras procedencias o por la competencia de viñedos cercanos, como los de Getafe, Pinto, Parla y Fuencarral, donde se producían los vinos más cotizados. En 1495 el Concejo de Madrid acordó que “persona alguna desta Villa e su tierra so pena de las ordenanzas (…), e los que lo puedan bever…”. Se dice que “por los de fuera se mete mucho vino, estando abastada la Villa”.
    El siglo de Oro supone un momento importante para la región y para sus vinos. La elección de Madrid como capital del reino supone un notable crecimiento de la demanda y, a su vez, de la producción.
    Además de los tantas veces loados vinos “San Martín”, la capital se abastece de la producción de Arganda, Alcalá de Henares, Fuencarral, Alcobendas, Torrelaguna, etc…
    En 1665 pervivían en la ciudad de Madrid 63 cosecheros, aún sometidos a rigurosos controles y obligados a declarar al fisco la cantidad de uvas o de mosto que producían.
    Los vinos consumidos durante el reinado de Felipe IV procedían, sobre todo, de los alrededores de Madrid. Tenía fama el vino de Valdemoro, pero los más prestigiosos seguían siendo los “vinos preciosos” de San Martín, a los que se habían unido los de Cadalso y Pelayos. En la propia ciudad de Madrid se mantenía una producción notable; había viñedos famosos por diversas calles de la capital que pervivieron hasta bien entrado el siglo XX. En la zona de Navalcarnero existía una cierta actividad vinícola, localizada al sur en viñedos de El Álamo y Navalcarnero.
    Madrid llega al siglo XX con más de 60.000 hectáreas de viñedo, pero en 1914 se detecta la primera filoxera en San Martín de Valdeglesias. La plaga se extiende rápidamente, arruinando el viñedo madrileño y provocando un cambio sustancial en sus vinos. La recuperación es lenta y se hace con variedades foráneas, en especial Garnacha. Pero la verdadera recuperación no se produciría hasta los años cincuenta, tras la Guerra, con la implantación masiva de variedades seleccionadas por su rendimiento cuantitativo y grado de alcohol, con predominancia de Garnacha en las zonas de Navalcarnero y San Martín y de Airén en Arganda. En esta época surgen la mayor parte de las cooperativas. Al mismo tiempo, el crecimiento de la ciudad engulle algunos de los que en otro tiempo eran vinos más celebrados de Madrid. La segunda mitad de siglo deja que vinos como los moscateles de los Carabancheles, Villaverde, Hortaleza o Fuencarral pasen a la historia. Los polígonos industriales y la conversión de los pueblos en ciudades-dormitorio acaban con los vinos de Valdemoro, Pinto, Getafe, Móstoles, Torrejón, Alcobendas o Alcalá de Henares. Aeropuerto y bases aéreas hacen lo propio con los viñedos de Barajas y Torrejón.
    Los vinos de Madrid comienzan a abastecer a los grandes envasadores, lo que no evita, o incluso contribuye, a que pasen por completo al anonimato.
    A finales de los setenta sobreviene la crisis. Desciende el consumo de vinos, sobre todo el comercializado a granel que tanta salida daba a la producción.
    Se impone la renovación del sector y son necesarias costosas inversiones para rejuvenecer los viñedos, recuperar las variedades de uva y actualizar los criterios de elaboración.
    Los ochenta marcan un cambio espectacular en el panorama vinícola español, al que el vino de Madrid no permanece ajeno. La historia de los que podríamos denominar el nuevo vino de Madrid arranca de 1984, con el reconocimiento de la Denominación Específica Vinos de Madrid. El Consejo Regulador de dicha denominación se enfrenta a una tarea complicada en un sector paralizado y con pocos recursos para invertir. Apenas dos o tres bodegas elaboradoras venden su producción embotellada.
    Un fuerte impulso al embotellado en origen no tardaría en llegar y, con él, las consecuentes mejoras en la calidad de los vinos. Algunas marcas madrileñas comienzan a ser reconocidas por la crítica y consideradas entre los mejores vinos de España.
    En marzo de 1986 el Ministerio de Agricultura aprueba la Denominación Específica Vinos de Madrid. Por fin, en noviembre de 1990 queda reconocida oficialmente la Denominación de Origen Vinos de Madrid. Al siguiente año, ya están en el mercado las botellas con la contraetiqueta de Vinos de Madrid y desde Enero de 1992 se comienzan a comercializar los primeros vinos de crianza.
    Tras décadas de fuertes cambios, el mercado de vinos de Madrid afronta el nuevo siglo con un panorama de gran competencia de vinos de todo el país. Los vinos de Madrid son desconocidos, incluso, para gran parte de los madrileños. El esfuerzo por ganarse el puesto histórico que les corresponde está de nuevo respaldado por una ansiada y recuperada calidad. Las bodegas toman conciencia de la necesidad de ofrecer vinos con buena relación calidad-precio y este esfuerzo se transmite de inmediato al consumidor. La consecuencia más directa es una presencia cada vez más destacada de los vinos de Madrid tanto en los mercados locales como en otras zonas españolas, sin olvidar que las exportaciones al extranjero están teniendo cada vez un éxito mayor.
    La última década ha sido crucial en la consolidación de esta tendencia, ya que en el siglo XXI los vinos de Madrid compiten en las cartas de los mejores restaurantes. Este hecho es importante no solo por el incremento en el consumo de estos vinos de calidad. Las previsiones auguran un consumo creciente en los hogares, siguiendo la línea europea. Por tanto, el vino de Madrid deberá situarse convenientemente para reafirmar su sitio entre los mejores vinos del país y recuperar el prestigio que ostentaron tiempos atrás.

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