Quema de adúlteros y fornicadores


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El sexo en los siglos XVI-XVIII

El doble rasero para hombres y mujeres que ha caracterizado a un buen número de pueblos de la historia humana se hizo más complejo, en este tema de la sexualidad, con la realidad dual que caracterizó a Europa con la aparición del protestantismo. Incluso en cada territorio de ambas esferas se desarrollaron con sus propios matices y peculiaridades, fruto de las pulsiones económicas, políticas y de las tradiciones propias precristianas y posteriores.

Quizá la más llamativa fue la aprobación parcial, al menos al principio, del matrimonio de los clérigos en los territorios protestantes. Se ha señalado que en los días de Enrique VIII Isabel I de Inglaterra no estuvieron muy bien vistos, pero su progresión fue imparable a lo largo del siglo XVII, continuando en nuestros días. Realmente era, hasta cierto punto, una formalización de un hecho que se daba desde hacía siglos con las famosas mancebas, concubinas y barraganas que incluso después de la Contrarreforma no desparecieron y que se reflejaron en la literatura europea como una burla –o hasta ataques serios– a la Iglesia. Sí es cierto, no obstante, que en mundo católico desde el Concilio de Trento se persiguieron estas prácticas con dureza aunque no se acabaran con ellas.

Una muestra de ello la tenemos en el decreto papal “Tamesi” de 1563 que prohibía con severos castigos el concubinato tanto para laicos como miembros del clero. La argumentación de la tradición apostólica romana consistía en los pasajes del Nuevo Testamento donde los apóstoles dejaban a sus familias para seguir a Cristo. Además era una muestra de sacrificio, colocando antes el interés de la comunidad que las necesidades de formar una familia del propio sacerdote. En el caso de las sociedades protestantes la aceptación del matrimonio respondía a diferentes planteamientos tales como la negación del carácter sacramental de los esponsales o la necesidad del sacerdote de comprender el aspecto marital. A aquellos que esgrimían la dedicación de los Apóstoles se les contestaba recordando que en origen habían sido hombres casados y ello no les había restado “santidad”.

Eso sí, la aceptación del matrimonio entre clérigos abrió las puertas a la sexualidad para los sacerdotes, pero siempre bajo las “reglas” oficiales que compartían con el mundo católico: sexo después del casamiento y con el objetivo de tener hijos. Además el mismo sacerdote protestante, como cabeza moral y espiritual de la comunidad, debía abstenerse de prácticas sexuales aberrantes –sexo anal, posturas variadas, cunnilingus o felaciones– tanto dentro como fuera de la pareja. El matrimonio no sería para luteranos y calvinistas un sacramento, pero no por ello perdía seriedad o importancia, siendo concebido como la base de la sociedad.

Irónicamente, ya desde la Edad Media, el concepto de sexo permitido después de la unión, que solamente se reconocía con el matrimonio, era interpretado de formas dispares por la masa popular. En muchas zonas de Europa, tanto en el sur católico como en el norte protestante, podía bastar con la “pedida de mano” o la firma del contrato nupcial delante de los familiares mientras que la ceremonia oficiada por el sacerdote no era más que un acto casi protocolario que confirmaba todo lo anterior. Para la gente no era algo pecaminosos pues el noviazgo ya exigía una fidelidad y un respeto prácticamente maritales y el reconocimiento por parte de los demás vecinos de una unión válida era suficiente.

Lógicamente, las autoridades eclesiásticas católicas y protestantes encontraron aquí un punto en común, condenando el sexo antes de la ceremonia religiosa, pública y ante un sacerdote que a partir del siglo XVI empezó a ser registrada con mayor claridad –para regocijo de los historiadores–. Estas costumbres estaban tan extendidas y enraizadas que a los tribunales llegaban muchos casos de “fornicación”, pecado execrable donde los hubiera pero que realmente se trataba de casos de matrimonios “civiles” que todavía no habían pasado por la vicaría para formalizarlo.

El acto de fornicar, lejos de perder su estigma negativo vio en la Reforma y en laContrarreforma un aumento de su valoración como acto horrible. En el caso de las condenas el doble rasero ya aludido se demostraba en ambos territorios. Para los protestantes el hombre encontrado culpable de practicar el sexo fuera del matrimonio, tanto con una mujer soltera como con una de “mala reputación”, era obligado a pagar multas y a pronunciar promesas solemnes de no reincidir. La penitencia femenina era mucho más grave, con confesiones, penas de cárcel y hasta castigos físicos.

Se llegaba, sobre todo en el mundo anglosajón, a señalar de alguna manera evidente a la pecadora para ser identificada por todos los miembros de la comunidad. La famosa letra escarlata, que dio origen a la novela decimonónica de Nathaniel Hawthorne, fue uno de los mecanismo que muestra hasta qué punto llegaron a institucionalizarse este tipo de castigos.

Las mujeres acusadas de fornicación y adulterio eran equivalentes a prostitutas, la peor condición moral imaginable y las madres solteras que no habían pasado por la sanción del matrimonio podían ser toleradas pero se las veía también de esta manera tan vejatoria. En algunos países católicos estas “descarriadas” tenían una alternativa a la mendicidad y la prostitución: la entrada en la vida religiosa. Para ello eran trasladadas a conventos donde podían ser alimentadas ellas y sus hijos, más se las exigía una conducta ajena al sexo cuando no se las obligaba a vestir el hábito. Su misma descendencia era un recordatorio eterno de su pecado carnal.

Pero si el sexo seguía siendo tan mal visto fuera de su utilidad reproductora, ¿qué preparación existía para los jóvenes antes del matrimonio? Oficialmente y de forma muy general podría decirse que ninguna. Dar una educación sexual habría sido completamente inconcebible para esos siglos tan duros. Para empezar los más doctos en el saber humano solían ser miembros del clero y al menos oficialmente, no debían tener muchos conocimientos sobre el dominio deVenus. Pero existía otra poderosísima razón que consistía en la creencia de que el saber era muy peligroso pues no todas las mentes podían asimilarlo.

Esa es una de las razones por la que en el siglo XVI se creó por parte de la Iglesia Romana unaLista de Libros Prohibidos que juzgaba las publicaciones en función de su posible peligrosidad para los cristianos. Si los jóvenes, siempre retratados por sus pasiones sin freno, leían o conocían cómo hacer el amor y el placer que podía proporcionarles eso les llevaría por el mal camino, inspirándoles para toda clase de actos lascivos. Mas eso no significó una renuncia a la educación para el matrimonio, si bien los temas de la cama eran obviados hasta la noche de bodas, donde los esposos asistían a unas lecciones prácticas –supuestamente dadas por ellos mismos–.

Algunos lectores pensarán que si el sexo era juzgado de esta forma ¿era entonces mejor la virginidad que el sexo, por muy sacralizado que estuviera? La respuesta no puede simplificarse demasiado, dado que también aquí se aprecia la diferencia entre las dos esferas del cristianismo occidental europeo. Los  luteranos, calvinistas y demás “reformados” pensaban que las mujeres jóvenes debían casarse antes de permanecer vírgenes, lo que subraya la importancia de esta condición.

Para ello se llegaron a escribir y publicar obras aleccionadoras destinadas a formar buenas esposas y madres de las que “La pequeña guirnalda de honor para niñas cristianas” “El espejo de la virtud para las jóvenes cristianas” son buenos ejemplos. Las menciones bíblicas de Adán Eva y tantas y tantas familias dejaban claro para estos grupos que realmente no había nada malo en la unión del hombre y la mujer. De hecho sin su existencia la sociedad solamente podía acabar extinguiéndose.

Por supuesto el símbolo más claro era el matrimonio de la Virgen María y San José, a pesar de que paradójicamente nunca habían consumado su unión. Para los católicos el valor de la casada no tenía por qué ser superior al de la virgen, por lo menos para las que dedicaban su vida a servir a Cristo, con el que eran simbólicamente desposadas. Es más, desde Bonofacio VIII, en los últimos años del siglo XIII y los primeros del XIV, las monjas debían vivir completamente enclaustradas y alejadas todo lo posible del contacto masculino. Y es que la tentación de la carne siempre estaba presente.