EFE – La Vanguardia

  • ‘Saqueo y restitución’ es el título de esta ambiciosa muestra de pinturas, muebles y libros

76610Saqueo y restitución’ lleva por título una ambiciosa exposición del Museo Judío de Berlín, que abre hoy sus puertas, dispuesta a ilustrar el expolio de bienes y obras de arte judías perpetrado por los nazis, y la actual polémica que acompaña a la indemnización de sus herederos.

La muestra documenta a través de pinturas, porcelanas, libros, muebles y objetos de plata el peregrinaje de posesiones que pertenecieron a la familia Rothschild, Sigmund Nauheim o a la pianista Wanda Landowsky, y acabaron en manos de jerarcas nazis como Alfred Rosenberg, Hermann Göring o el propio Adolf Hitler.

“Entre ellos compitieron para ver quién robaba más obras y se enriquecía más rápido”, no dudó en explicar durante la presentación de la muestra el director el museo, Michael Blumenthal, en alusión a las colecciones privadas de Hitler y Göring.

Desde París hasta Vilna, los comandos nazis se dedicaron profesionalmente al pillaje artístico, con el fin de “redistribuir” las obras y eliminar aquello que consideraban “arte degenerado”, que no respondía a los cánones de belleza arios.

Mientras el ‘Führer’ acumuló más de 4.000 piezas, confiscadas entre los años 30 y 1945, con el fin de montar un museo en Linz, la ciudad austríaca donde se crió, su lugarteniente Goering llegó a reunir 1.375 pinturas, esculturas, muebles, alfombras y tapices, la mitad de las cuales eran robadas, y el resto regalo de industriales que esperaban recibir favores a cambio.

La muestra, que podrá verse hasta el próximo 25 de enero en el famoso edificio del arquitecto Daniel Liebeskind, no deja títere con cabeza y cuestiona el dudoso rol de los museos, que después de la guerra adoptaron el papel de víctimas, y hoy día se niegan a devolver obras, según puede leerse en esta densa exposición.

La polémica no podía tener mayor actualidad. Sobre todo teniendo en cuenta que una docena de museos alemanes afrontan demandas de restitución de herederos de judíos que huyeron y se vieron obligados a vender sus pertenencias o les fueron arrebatadas por los nazis.

Tampoco la burocracia alemana sale bien parada, ya que “contribuyó a elaborar listas, catálogos y beneficios cosechados con el pillaje artístico”, explicó Blumenthal, documentando así “de forma minuciosa la triste historia del siglo XX”, agregó.

Una gran ausente en el Museo Judío es la ‘Berliner Strassenszene’ (Escena callejera berlinesa), tela que Ernst Ludwig Kirchner pintó en 1913 y que integró la colección de un museo berlinés durante 25 años. En agosto de 2006 fue devuelta a una heredera del coleccionista judío Alfred Hess sin aclarar si había sido expropiada o vendida.

La comisaria Inka Bertz explicó la ausencia de este cuadro que ilustra como pocos lo complejo que resulta hacer justicia a los herederos sin perjudicar a los museos, con la intención de “ampliar el debate” sobre la restitución y “no echar más leña al fuego”.

Además, añadió Bertz que el cuadro está junto con otros seis de la serie de escenas callejeras berlinesas del pintor expresionista alemán, por primera vez en el Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York. “Así que de todos modos no hubiéramos podido traerlo”, apuntó.

Y lo cierto es que la muestra berlinesa tiene de hilo conductor 15 objetos expoliados, como el cémbalo de Wanda Landowska, judía polaca que se exilió en Estados Unidos y desde ahí reclamó la devolución de sus instrumentos antiguos, expropiados por los nazis.

Destaca un retrato del expresionista Otto Mueller, que perteneció al jurista judío Ismar Littmann, quien se vio obligado a malvenderlo en 1933 antes de suicidarse. En 1935 su familia subastaría el resto de sus obras, y no sería hasta después de la Segunda Guerra Mundial cuando los herederos recibirían una indemnización.

O el texto original del ‘Repertorio de bienes expoliados en Francia 1939-1945’, que publicó una de las comisiones de restitución que se fundaron en los países vecinos.

Porque la muestra no se limita al territorio alemán, sino a todo el pillaje nazi en territorios ocupados, esto es Francia primero y más adelante, a partir de 1941, también el Báltico, Ucrania y Rusia.

Para el director del museo, Blumenthal, esta exposición no sólo es indispensable, sino una de las más relevantes de los siete años de vida del Museo Judío “porque es la primera que no toma partido” en este “debate emocional” e intenta “explicar la complejidad de problemas heredados del Nazismo y del Holocausto”.

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