EFE – La Vanguardia

  • Washington – La llama de las polémicas Olimpiadas nazis de Berlín 1936, con las que Adolf Hitler quiso presentar una Alemania tolerante y pacífica, alumbra de nuevo en una exposición que abre hoy en el Museo en Memoria del Holocausto, en Washington.

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El atleta estadounidense Jesse Owens, ganador de cuatro medallas de oro en las Olimpiadas nazis de Berlín 1936, con las que Adolf Hitler quiso presentar una Alemania tolerante y pacífica /   Efe

Estrechos senderos, bajo una luz tenue, devuelven al visitante a una época de fuertes tensiones internacionales, que amenazaron con boicotear los preparativos, así como a unos Juegos Olímpicos ideados como arma de propaganda nazi.

A modo de bienvenida, la exposición, abierta hasta el 17 de agosto, muestra la primera antorcha utilizada en las Olimpiadas modernas, idea que fue resucitada por el gobierno nazi, tras un intento en los juegos de 1916 que resultó fallido por la I Guerra Mundial.

La comisaria de la exposición, Susan Bachrach, no duda en afirmar que “la organización de los Juegos Olímpicos ofreció una extraordinaria oportunidad al régimen de Hitler para proyectar la ilusión de una Alemania tolerante y de paz, bajo el disfraz de cooperación internacional que brindaban los juegos”.

De este modo, el Führer enmascaró entre los preparativos deportivos una fuerte campaña propagandística del régimen, combinada con un reclutamiento de jóvenes atletas germanos como fuente de abastecimiento del ejército ario.

Carteles coloridos aderezados con sutiles connotaciones racistas ilustraban el fuerte sentimiento olímpico-patriótico, que dejaba entrever la superioridad de la cultura alemana como la mejor heredera de la excelencia de la Grecia Clásica. Y a punto estuvo Hitler de perder sus ansiadas Olimpiadas con la prohibición de admitir a atletas judíos para competir en el seno del equipo alemán.

Un gran movimiento internacional de boicot se levantó contra el Führer, que finalmente se disolvió con las palabras apaciguadoras del entonces presidente del Comité Olímpico de EE.UU. (AOC, por sus siglas en inglés), Avery Brundage.

Ilustraciones satíricas del artista John Heartfield, escritos de protesta de diferentes equipos y hasta propaganda catalanista a favor de celebrar unas Olimpiadas alternativas en Barcelona conforman el panel de la exposición dedicado a esta controversia.

Entre dibujos, ilustraciones y trazos festivos, unas fotografías en blanco y negro devuelven a los asistentes a la crueldad del régimen fascista. Cientos de familias de raza gitana fueron “limpiadas de las calles de Berlín”, según órdenes de las autoridades del país, y recluidas en campos de internamiento de los suburbios de la ciudad, como el centro de Marzahn.

Ni prohibiciones ni internamientos consiguieron evitar que el ‘ego’ del Führer se derrumbara con la victoria de dieciocho atletas afroamericanos, que incluyen al campeón de cuatro medallas de oro en Berlín 1936, Jesse Owens. La cara victoriosa de las XI Olimpiadas se refleja con la exhibición de medallas e instantáneas de los vencedores, entre ellos doce judíos de los equipos de Estados Unidos, Bélgica, Hungría, Austria, Canadá y Polonia y la germana Helene Mayer, la única representante judía del equipo nazi.

A escasos metros de la salida, aparece una imagen nevada de un campo de concentración que hiela con sus explicaciones la respiración de los visitantes. Se trata de diecisiete retratos en primer plano de deportistas judíos y gitanos que participaron en los Juegos Olímpicos de 1936, y que también fueron víctimas del racismo de Hitler durante la II Guerra Mundial.

A la salida del ‘zulo’ que alberga la exposición, una gran oleada de luz natural convierte las titánicas paredes enladrilladas del museo en un espejismo de las masivas fábricas alemanas utilizadas como unidades de producción nazi. Un escenario apropiado para guardar las reflexiones de los visitantes, como antes hizo con las de los millones de judíos exterminados en el Holocausto.

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