Domingo 07 /10/07 20:23 El País

granvia5-olmogonzalez

En 1907 se publicaba el proyecto de una gran avenida que convirtiese a Madrid en una capital europea. En 1910, el rey Alfonso XIII, armado con una piqueta de oro, daba el primer golpe para la demolición de aquel barrio pobre y canalla y la simultánea construcción de una “calle para el siglo XX”. Unos años antes, la zarzuela La Gran Vía, de Chueca y Valverde, recogía la oposición del pueblo de Madrid a las ínfulas urbanísticas de la oligarquía. Cien años más tarde, la Gran Vía de Madrid vuelve a aglutinar todas las formas de la canallesca y el comercio popular. Se cierra el círculo.

Con ocasión de la celebración de este centenario se estrena hoy en el cine Capitol, situado en el emblemático edificio de la plaza del Callao, en sesión única de matinée, un documental trepidante que narra lo que ha ido ocurriendo en esa gran calle, con infinidad de imágenes de archivo, muchas de ellas inéditas, montadas a partir de la mirada personal, crítica e irónica del guionista y realizador Rafael Zarza Ballugera, conocedor ilustrado de la Gran Vía. El documental se emitirá en la cadena autonómica madrileña. Su título, Scenario Gran Vía. Abierto todos los días, parte de un guiño de Ramón Gómez de la Serna, quien dijo de la calle que sólo era comparable a Broadway de Nueva York. “Así es como planteo la existencia de la Gran Vía”, explica Zarza, “como un escenario donde se representa la historia junto a la idiosincrasia del propio escenario, capaz de hacer confluir los movimientos más modernos y vanguardistas con lo más castizo de Madrid. Es un relato de acontecimientos históricos a los que se superponen las anécdotas, la historia real frente a la historia oficial”.

En la película, la historia marca la cronología, mientras que las anécdotas sociales y antropológicas la rodean de magia. Los 100 años de la Gran Vía están divididos en cinco épocas: Madriyork (1907-1930), Madrigrado (1931-1939), Madriles (1940- 1959), Madriwood (1960-1975) y Madrivice (1976-2007). “Son etapas históricas en un decorado único”, explica Zarza, “generadas por la visualización de los cambios de hábitos y modas proyectados en él no sólo desde Madrid, sino desde todo el país”.

En 1907 se aprobó la Ley de Exenciones para todo aquel que quisiera construir la Gran Vía. Por primera vez, la ciudad se abrió al capital privado, nacional y extranjero, y empezaron las obras. Se demolieron 14 calles y otras 14 fueron mutiladas, y, como un río feroz, la avenida del siglo XX fue abriéndose paso sobre el Madrid del XIX. Se construyó en tres tramos a lo largo de 21 años, durante los cuales adquirió su aspecto neoyorquino. Es Madriyork. Un antiguo decorador, Héctor Maravini, encarna la memoria viva de la Gran Vía; con más de noventa años, recuerda vívidamente sus frecuentes visitas a los almacenes Madrid-París, posteriormente almacenes Sepu y actualmente sede del Grupo Prisa: “Los trajo una compañía de París, con su gran escalera doble, una bóveda; departamentos de señora, de caballero?”. En los años veinte entró en España el capital norteamericano. Se construyó el rascacielos de la Telefónica, una compañía nacional creada con el capital de la estadounidense ITT. Manuel Muiño, entonces dirigente del Sindicato de la Construcción de la UGT, fue quien se subió a la cima para colocar el pararrayos. “No sólo por el honor de la institución, sino también por demostrar a los americanos que no todos los españoles eran unos caguetas”, según cuenta Manuel Fernández Montesinos, ex presidente de la Fundación García Lorca.

La arquitectura manda. La calle se va llenando de clubes privados, como la Gran Peña y el Casino Militar; de hoteles, como el Gran Vía; de cines, como el Avenida y el Palacio de la Prensa; de joyerías; de estudios de fotógrafos, y hasta una primera agencia de publicidad que se publicita con grandes carteles. Junto a los clubes surgen los primeros bares y cafeterías modernos, los american bar, como Zahara y Miami… El ocio se democratiza a la americana, y define una nueva arquitectura. El cosmopolitismo entra como un huracán en el viejo pueblo mesetario, y aparecen los espectáculos más internacionales. Josephine Baker actúa en Madrid, el zepelín y el autogiro la sobrevuelan, y los automóviles americanos la recorren de punta a punta. Se abre también la primera línea del metro: la de Sol-Cuatro Caminos, con parada en la Gran Vía.

Titular de prensa: “Delenda est monarchia”. La proclamación de la República provoca grandes manifestaciones frente al edificio de la Telefónica, y del hotel Alfonso XIII desaparecen, de la noche a la mañana, los tubos luminosos de los números romanos de su nombre, dejando el letrero en un simple “hotel Alfonso”.

Madriyork ya es Madrigrado, aunque en la Gran Vía conviven sin más señoritos y pueblo llano. Pedro Chicote abre su bar “de diseño” y lanza la moda del cocktail. Más tarde, durante la guerra, su trastienda iba a servir de oficina de pasaportes falsos y pases diplomáticos. Y sigue el avance de los modelos a la americana. Enrique Carrión, marqués de Nelín, plantea un edificio moderno que albergue un hotel, cines, restaurantes, cafetería y apartamentos: el Capitol, en Callao. “Permite también que los arquitectos diseñen el mobiliario”, puntualiza como novedad Ignacio Feduchi, hijo del arquitecto Luis Feduchi, coautor del proyecto del emblemático edificio. Se construyen siete palacios cinematográficos y florecen los escaparates modernos, y delante de los espléndidos cristales se apretujan los vendedores callejeros de corbatas de a peseta.

El primer embajador soviético recorre la vía, llamada en 1936 avenida de Rusia, con una escolta solemne. Al poco estalla la Guerra Civil. El metro se convierte en domicilio de muchos madrileños mientras los obuses de la aviación atacante caen sin piedad sobre la Gran Vía, que los inmutablemente irónicos granviarios empezaron a llamar “avenida de los Obuses”. Mientras los sacos terreros van cubriendo las fachadas de los locales, las Brigadas Internacionales desfilan por la calle bajo los vítores de “¡Viva Rusia!”, emitidos por un pueblo aterrado. El hotel Florida se convierte en base de operaciones de los corresponsales extranjeros: Hemingway, Dos Passos, Malraux, Saint-Exupéry, Ehrenburg?, que bajan a los bares y restaurantes pegados a los muros, pasando por delante de las tiendas, que, sorprendentemente, permanecen abiertas. “Uno abre una puerta de cristal y se encuentra con el frente, y del otro lado, más allá del Manzanares, con una magnífica visión del campo enemigo”, escribe John Dos Passos. Pasionaria lanza su proclama “¡No pasarán!” desde Unión Radio. Finalmente, pasan. Las tropas nacionales acceden a la Gran Vía, desde la Casa de Campo, a la reconquista del casticismo patriótico.

Otro cambio de nombre para la calle, el de avenida de José Antonio. Se abre la era de los Madriles, comienza la posguerra, y en la sufrida Gran Vía se escenifica la pompa del nuevo régimen por la vía de grandes desfiles de personalidades afines a él: el embajador de la Alemania nazi, flanqueado por la guardia mora portando estandartes con la cruz gamada; Eva Perón; el sha de Persia; Mohammed V; el rey de Irak… Los socavones de la calzada permanecen como cicatrices en un Madrid de color gris. Pese a todo, la vida sigue en la Gran Vía. El torero Antoñete celebra su éxito en 1952 comprándose un coche ostentoso para pasear a sus padres ante la mirada de los viandantes. Se empiezan a construir nuevos edificios, de un estilo híbrido que los arquitectos definen como de tipo inmobiliario en la revista de arquitectura Cortijos y Rascacielos.

Pero hay un mundo paralelo, el de la aristocracia que se mezcla con la gente del espectáculo en fiestas privadas organizadas en clubes, tablaos flamencos y cabarés, estos últimos rebautizados como salas de fiestas. El cóctel es sustituido por el combinado, y las putas, por chicas de alterne. De Chicote salen contratos inmobiliarios, estraperlo de lujo, penicilina e inversores para varias películas de producción norteamericana. Ava Gardner hace de este bar su segundo hogar. El director y compositor de la orquesta del club Pasapoga, Tito Moya, convierte el club en la mayor atracción nocturna de Madrid. Inventa el “verdiales-mambo”, fusión de música andaluza y caribeña en rigurosa primicia histórica.

“Para llegar a algo en Madrid hay que empezar en la Gran Vía”. Esta cita de Francisco Umbral inaugura el periodo titulado Madriwood. La Torre de Madrid, con sus 32 plantas, es el edificio más alto de Europa. Sobre su fachada, de arriba abajo, una pancarta que reza “Ike” da la bienvenida al general Eisenhower. Por esta calle se abre España al desarrollo de los años sesenta.

También pasan por ella el astronauta Neil Armstrong y Martin Luther King. El Che Guevara, en una parada técnica en el aeropuerto de Madrid, se escapa a la Gran Vía a comprar en Galerías Preciados y tomar un bocado en la cafetería California, vestido con su uniforme y boina. “La gente se le quedaba mirando, la mayoría no le conocía… Sólo la camarera sabía quién era y pidió hacerse una foto con él”, cuenta César Lucas, el fotógrafo que acompañó al Che Guevara en su fugaz visita.

De repente, de la mano de un visionario productor de cine, Samuel Bronston, que instala sus oficinas en la Torre de Madrid -donde también reside Luis Buñuel-, la Gran Vía, Madrid y sus alrededores se transforman en platós del cine más hollywoodiense. A sólo 20 kilómetros están Moscú (Doctor Zhivago), China (55 días en Pekín) y las tierras del Cid. La calle adquiere cierto aire cosmopolita, sobre todo por la noche, cuando se llenan los bares, cafeterías y clubes con estrellas locales e internacionales. El Chicote, el Biombo Chino, el Pasapoga y el Morocco cierran cada vez más tarde. Jorge Berlanga recuerda que “la censura le prohibió a mi padre rodar en la Gran Vía por miedo a que sacara a dos obispos saliendo del Pasapoga-, y es que mi padre siempre decía que la censura era absolutamente creativa, que superaba en imaginación a cualquier guionista”. Las terrazas de los cafés que se despliegan por las aceras albergan a centenares de curiosos que acuden a diario a contemplar a la gente que sale de los cines y teatros bajo sus inmensos carteles pintados: Palacio de la Música, Capitol, Avenida, Palacio de la Prensa, Lope de Vega, Gran Vía, Pompeya y Coliseum. La Gran Vía es el lugar donde está permitido evadirse del miedo, la caspa y la precariedad cotidianos merendando un sandwich, un habanero o un bikini, y yendo a curiosear a los grandes almacenes abiertos al estilo norteamericano (Galerías Preciados, primero, y El Corte Inglés, después). A nivel de calle, limpiabotas y vendedores ambulantes procuran hacer su agosto.

En 1968, Massiel, “la tanqueta de Leganitos”, vecina de la Gran Vía, gana el concurso de Eurovisión. “Unos años antes casi me detuvieron por llevar minifalda, y a la vuelta del festival me hicieron desfilar desde Barajas hasta Prado del Rey en un coche descapotado, en loor de multitudes, como cuando lo de Eisenhower…”, comenta la cantante.

Madrivice creció con la movida madrileña, que rompió todas las barreras sociales, estéticas y económicas que hasta la fecha habían impedido la entrada en la Gran Vía, al menos a cara descubierta, de los punkis, los carteristas, las prostitutas y sus macarras, y los mendigos. Entre ellos, familias enteras que se pasean en el fin de semana, turistas e inmigrantes. Las fachadas años cincuenta o art déco anuncian templos de comida basura, sex shops y, un poco más adelante, enormes tiendas de moda de bajo coste. El tráfico y la contaminación se han ido cebando en la Gran Vía hasta convertirla en la calle más dura de Madrid. Contemplada hacia el cielo conserva su esplendor, pero sus suelos cobijan el malaje de la modernidad, como si fuese una venganza del Madrid oculto y cutre de hace cien años.

“La degradación de la Gran Vía ha sido inevitable, siempre puede más la gente que el urbanismo”, explica Rafael Zarza del final de su documental. “Y con las actuales previsiones urbanísticas, la calle será, o ya es, un parque temático comercial de ocio y tiendas baratas en los lugares que han sido hasta ahora palacios del cine. La Gran Vía ha sido siempre la calle de la ilusión, la calle del cine, y sin él se acabó la magia. Estamos viviendo el final de una época, y qué mejor que la Gran Vía como escenario universal para representarlo”. Y añade una cita esperanzadora de Ignacio Gómez de Liaño: “La memoria es la imaginación que se vuelve al pasado, y la imaginación es la memoria que se asoma al futuro”.